Durante años, el TDAH se ha explicado casi exclusivamente desde el cerebro: la dopamina, la corteza prefrontal, y la atención. Sin embargo, la Neurociencia empieza a mirar más abajo. Mucho más abajo, y la investigación emergente apunta a que el intestino -y la microbiota que lo habita- desempeña un papel clave en la regulación emocional, en la inflamación, y en la estabilidad cognitiva en las personas con TDAH.