Archivo - Mujer trabajando en un ordenador con dolor de cuello. - ANTONIOGUILLEM/ISTOCK - Archivo
MADRID, 26 Abr. (EDIZIONES) -
El estrés no siempre se manifiesta de forma evidente, pero el cuerpo suele enviar señales claras cuando la tensión se prolonga en el tiempo. Desde problemas de sueño o irritabilidad hasta síntomas físicos como caída del cabello, tensión muscular, o alteraciones digestivas. Identificar estos signos es clave para evitar que el estrés se convierta en un factor de riesgo para la salud.
Así, y ante una misma situación de estrés, unas personas se estresan y otras no, y el problema está en que no siempre sabemos identificar las señales a tiempo de que nos estamos pasando, el primer paso para frenar este problema cada vez más frecuente en nuestra sociedad.
Begoña G.Larrauri, doctora en Psicología y profesora de la Universidad en Valladolid intenta explicar esta situación, en primer lugar, en la manera en la que cada uno interpretamos los hechos. “Esto nos hace tener más o menos estrés”, valora, y si se visualiza, por ejemplo, como una amenaza para nuestro bienestar, o bien como una oportunidad que puede estimularnos.
Señala que otro de los factores estudiados es la creencia de la capacidad individual de resolver problemas: “Esto te lo da la experiencia, y quien haya superado retos o situaciones difíciles que le haya tocado vivir crea en las personas un sentido de autoeficacia positivo que da mucha energía para abordar cualquier situación que se nos presente”.
Y otro tercer factor que nos menciona durante una entrevista con Europa Press Salud Infosalus, con motivo de la publicación de su libro ‘Jaque al estrés’ (Desclée De Brouwer) es el esfuerzo con el que resolvamos una determinada situación.
“Todo esto difiere de la personas. Además, si ves que la situación va mejorando poco a poco entonces obviamente esto te anima a seguir adelante. Pero hay otros factores que no se deben descuidar, como por ejemplo, la salud de la persona, algo que también puede ser, o no, un foco de estrés, porque no se aborda una situación de igual manera”, resalta.
Igualmente apunta a las habilidades sociales, y cree que no hay que desechar el tema de los recursos que se tengan, tanto materiales como sociales, como los medios de cada uno para el afrontamiento, y sobre todo la idea de que estos son efectivos.
EL ESTRÉS, UN FACTOR DE RIESGO DE ENFERMEDADES
Aquí preguntamos a esta psicóloga experta en bienestar psicológico, educación positiva y sentido del humor, por qué el estrés puede volverse en nuestra contra y convertirse en un factor de riesgo de desarrollo de enfermedades.
Nos explica en primer lugar que el estrés es una reacción del organismo normal ante una alerta o un desafío. “Entonces tiene una función normal que nos ayuda a reaccionar. El estrés es similar a la corriente eléctrica, de forma que produce energía, mejora lo que hacemos y es algo necesario”, subraya.
Pero el problema surge, según prosigue, cuando los cambios son excesivos, cuando no revierten, y cuando se prolongan en el tiempo porque la situación persiste y lleva a que el estrés nos perjudique. “Llega un momento en el que hay sufrimiento, es decir, que la persona lo vive con sufrimiento y entonces es perjudicial”, apunta.
Por eso, insiste esta doctora en Psicología, que hay “un estrés bueno y óptimo” cuando estamos estimulados para hacer las cosas, pero que el estrés se vuelve en nuestra contra cuando se prolonga en el tiempo, algo frecuente en nuestra sociedad actual, lo que mantiene a la persona en un estado elevado de alerta, y provoca una serie de estados fisiológicos que llevan a la enfermedad.
CUÁLES SON ESAS SEÑALES DE ESTRÉS EN NUESTRO CUERPO
Con todo ello, esta doctora en Psicología, con más de 30 años de experiencia docente e investigadora, indica que cuando hay demasiada tensión tanto en nuestro cuerpo, como en nuestra mente, hay unas determinadas señales de alerta. “De ahí la importancia de escucharnos, y de hacerlo desde tres perspectivas: la sintomatología a nivel de físico, de conducta, y a nivel psicológico”, precisa.
A nivel físico apunta a la caída del pelo, a la piel reseca, a la picazón, a la contracción y a la tensión muscular, a los cambios gastrointestinales, al temblor en los ojos, a la sudoración excesiva, y a un debilitamiento del sistema inmunológico, de forma que somos más propensos a desarrollar enfermedades.
A nivel de conducta destaca el insomnio, los cambios en los patrones de sueño, “muy relacionados con el estrés”; las conductas adictivas, no sólo el consumo de drogas sino de medicamentos; las conductas compulsivas como comer en exceso o dejar de comer; el aislamiento social, así como la evitación del ejercicio, entre otras.
Y en cuanto al campo psicológico hace referencia Begoña G. Larrauri a problemas de memoria, de concentración, a la falta de energía, a la dificultad para tomar decisiones, a un estado de ánimo negativo que redunda en todo lo que hacemos, a una mayor irritabilidad, y a no disfrutar como podíamos hacerlo antes, a una preocupación excesiva, entre otros aspectos.
“Pero el problema es que algunos de estos síntomas generan un circulo vicioso de preocupación excesiva por lo que te está pasando”, tal y como advierte esta especialista en bienestar.
Por todo ello, defiende que tenemos que tomar conciencia de que debemos desacelerar en los momentos oportunos, aunque siempre haya cosas que tendremos que hacer deprisa. “Si desaceleramos trabajaremos mejor, comeremos mejor, o nos relacionaremos mejor, por ejemplo y, entonces, viviremos mejor y disfrutaremos más de las cosas. Desacelerar es hacer las cosas al ritmo y velocidad adecuado. Aprende a vivir mejor en un mundo que no va a ir más despacio por ti”, concluye.