Archivo - Woman with Down Syndrome and her friend walking in a park - GETTY IMAGES/ISTOCKPHOTO / PORTISHEAD1 - Archivo
MADRID, 26 Feb. (EUROPA PRESS) -
Los adultos con discapacidades intelectuales y del desarrollo, como el autismo y el síndrome de Down, experimentan tasas sustancialmente más altas de ansiedad y depresión que la población general de adultos, según informan investigadores de la Facultad de Medicina de la Universidad de Washington (Estados Unidos) en 'JAMA Network Open'.
El estudio, basado en datos de 44.000 adultos, proporciona las primeras estimaciones nacionales sobre la prevalencia de los síntomas de salud mental, el tratamiento de la atención sanitaria y las barreras de acceso que enfrenta esta población.
"Nuestros hallazgos presentan un panorama preocupante de la salud mental y la atención médica para las personas con estas discapacidades en Estados Unidos", asevera Dimitri Christakis, autor principal y profesor de pediatría en la Facultad de Medicina de la Universidad de Washington.
"Históricamente, la sociedad no ha tomado las necesidades de esta población tan en serio como debería, por lo que, en ese sentido, nuestros hallazgos no son sorprendentes. Sin embargo, la magnitud de la carga es alarmante", añade.
El estudio utilizó datos de la Encuesta Nacional de Entrevistas de Salud (2021-2023), una encuesta anual representativa a nivel nacional realizada por el Centro Nacional de Estadísticas de Salud de EEUU. A partir de estos datos, se identificaron 796 adultos con probables discapacidades intelectuales y del desarrollo. Representan a aproximadamente 2,9 millones de estadounidenses.*
Los investigadores examinaron las tasas de ansiedad y depresión diagnosticadas, la frecuencia y gravedad de los síntomas, el uso de medicamentos, la participación en la terapia y las barreras económicas para acceder a la atención, ajustando los datos según factores demográficos y socioeconómicos. Estos datos se contrastaron con las respuestas de 43.682 adultos de la población general.
Entre los hallazgos clave destaca que los adultos de la población del estudio tenían nueve veces más probabilidades de informar ansiedad diagnosticada (56,8% versus 10,6%) y depresión (56,9% versus 9,9%) que los adultos de la población general.
La frecuencia de síntomas diarios también fue marcadamente mayor: el 48,9% de los adultos de la población del estudio experimentaron ansiedad diaria (frente al 7,7% entre sus pares de la población general) y el 24,2% experimentaron depresión diaria (frente al 1,3%).
Por otra parte, solo el 40% de los adultos de la población del estudio reportaron haber recibido terapia o psicoterapia durante el año anterior, mientras que el 40% y el 37% reportaron haber usado medicación psiquiátrica para la ansiedad y la depresión, respectivamente, durante ese período. Estos patrones de tratamiento indican una dependencia excesiva de la medicación en lugar de la terapia, afirmaron los autores.
Los adultos de la población del estudio tenían cinco veces más probabilidades que sus pares de la población general de retrasar la terapia debido al costo (17,4% frente al 3,4%) y de renunciar por completo a la atención de salud mental debido al gasto (18,6% frente al 3,2%). Este hallazgo es notable, aporta Christakis, "dado que muchas personas con discapacidades intelectuales y del desarrollo están cubiertas por Medicaid".
En conjunto, los hallazgos revelan brechas nacionales en la capacidad de los sistemas de atención médica para servir eficazmente a los adultos con discapacidades intelectuales y del desarrollo, cuya esperanza de vida ya es entre 10 y 20 años más corta, en promedio, que la de sus pares de la población general, señala Christakis.
"La mayoría de nosotros somos muy conscientes de la crisis de salud mental que enfrentan los adolescentes hoy en día. También existe una crisis que afecta a las personas con discapacidades intelectuales y del desarrollo", concluye el autor