Archivo - Mujer comiendo. - KARLOS GARCIAPONS/ ISTOCK - Archivo
PALMA 12 Mar. (EUROPA PRESS) -
Los estudiantes universitarios con riesgo de trastorno de la conducta alimentaria (TCA) muestran patrones que parecen más saludables que los de su entorno, pero que pueden esconder conductas de restricción y de control excesivo.
Así lo revela un trabajo del equipo de investigadores de la Universitat de les Illes Balears (UIB), que ha estudiado los hábitos alimentarios y de actividad física de casi 2.000 estudiantes universitarios para analizar su relación con el riesgo de sufrir trastornos de la conducta alimentaria.
Según ha informado la universidad en una nota de prensa, el estudio es el resultado de la actividad investigadora del grupo consolidado de I+D+I Evidencia, Estilos de vida y Salud de la UIB, adscrito al Instituto Universitaroi de Investigaciones en Ciencias de la Salud (Iunics) y al Instituto de Investigación Sanitaria de Balears (IdISBa).
El trabajo forma parte de la tesis doctoral que Maria Antònia Amengual Llofriu defendió en la UIB en mayo de 2023, dirigida por los doctores Antoni Aguiló y Pedro J. Tauler Riera.
DIETA Y EJERCICIO
Según el estudio, los universitarios con riesgo de trastorno de la conducta alimentaria declarar una mayor adherencia a la dieta mediterránea, especialmente por un consumo más elevado de fruta y verdura y una menor ingesta de alimentos ricos en grasas o azúcar en comparación con el resto de participantes.
Aunque esto podría interpretarse como un estilo de vida más saludable, los investigadores indican que en algunos casos este patrón puede estar relacionado con la evitación de los alimentos considerados "calóricos" o "prohibidos".
En cuanto a la actividad física, los datos muestran que los estudiantes con riesgo de TCA hacen más sesiones semanales de ejercicio y acumulan más minutos de actividad moderada y vigorosa.
El estudio señala que, a diferencia de la población sin riesgo, donde ejercicio y alimentación saludable suelen ir de la mano, en los jóvenes con riesgo esta asociación se rompe y el ejercicio no parece vinculado a una rutina global de bienestar, sino a objetivos relacionados con el control del peso o la imagen corporal.
Igualmente, más del 90 por ciento de los estudiantes con riesgo practican actividad física principalmente por motivos de apariencia, mientras que en el resto predominan razones como la salud o la reducción del estrés.
En este sentido, los autores alertan que esta orientación puede derivar en ejercicio compulsivo o en relaciones poco saludables con el cuerpo.
Los resultados muestran que no se puede asumir que unos hábitos aparentemente saludables impliquen ausencia de riesgo. Según los investigadores, es fundamental entender las motivaciones de estos comportamientos e identificar cuando responden a presiones sociales o a un exceso de control, para poder prevenir y detectar precozmente posibles TCA.
El estudio destaca que, en un contexto universitario, la detección de los trastornos alimentarios puede resultar "especialmente compleja" porque los comportamientos de riesgo a menudo se confunden con estilos de vida saludables.
Por ello, los autores subrayan la importancia de programas de prevención y sensibilización adaptados a jóvenes adultos, así como de abordajes que integren alimentación, actividad física y bienestar emocional, especialmente en poblaciones vulnerables.