Una revisión de 121 estudios asocia el uso problemático de medios digitales con más riesgo de problemas de salud mental

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Archivo - Hombre trabajando de noche. - RALF GEITHE/ISTOCK - Archivo
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Publicado: lunes, 5 octubre 2026 7:51

   MADRID, 5 Oct. (EUROPA PRESS) -

Una revisión de 121 estudios que reúne datos de nueve millones de personas menores de 25 años relaciona el uso problemático de los medios digitales con un mayor riesgo de problemas comunes de salud mental, alteraciones del sueño y una menor actividad física, mientras que el uso moderado se asocia con algunos beneficios para la salud, según una nueva serie de tres artículos publicada en 'The Lancet' y elaborada por 13 expertos internacionales.

   La serie señala que el impacto de las tecnologías digitales en la salud está condicionado por los modelos de negocio, las decisiones de diseño y la gobernanza, y no únicamente por las decisiones individuales de los usuarios. Los autores abogan por una gobernanza coordinada de los sistemas digitales y por convertir la salud y la seguridad en línea de niños y jóvenes en una prioridad política global.

LA EVIDENCIA NO ESTABLECE CAUSALIDAD

    Los autores advierten de que la certeza de los resultados, tanto sobre los daños como sobre los beneficios, es baja y que las asociaciones identificadas no permiten establecer una relación de causa y efecto. La revisión define el uso problemático de los medios digitales como patrones de uso similares a la adicción, en lugar de atender únicamente al tiempo que se pasa conectado.

   La revisión también identifica una asociación entre el uso moderado de medios digitales y un mayor bienestar, así como entre el uso activo de videojuegos y un mayor bienestar y estilos de vida más saludables.

   La autora de la serie Louise Holly, del Laboratorio de Transformaciones Digitales para la Salud (DTH-Lab), señala que los datos más valiosos sobre cómo las plataformas afectan realmente a los usuarios están en manos de las empresas tecnológicas, lo que limita el escrutinio independiente. Por ello, los autores recomiendan que los gobiernos exijan a estas empresas compartir datos sobre el impacto de sus funciones en la salud con investigadores de interés público debidamente acreditados.

"El uso de los medios digitales está ahora intrínsecamente ligado a la infancia y la vida adulta temprana. Los gobiernos han permitido que las empresas tecnológicas dicten sus propias reglas, lo que ha dado lugar a modelos de negocio diseñados para captar la atención y recopilar datos, relegando la salud a un segundo plano", afirma.

2,8 MILLONES DE AÑOS DE VIDA SALUDABLE PERDIDOS

   Los autores han estimado que pasar más de dos horas al día frente a pantallas podría estar asociado a la pérdida de alrededor de 2,8 millones de años de vida saludable por depresión y 240.000 por obesidad en todo el mundo cada año. No obstante, advierten de que estas estimaciones deben interpretarse con cautela debido a la baja certeza de la evidencia.

   El autor Falk Müller-Riemenschneider, de la Universidad Nacional de Singapur, explica que estas proyecciones pretenden ilustrar la posible magnitud del daño y no deben considerarse una medida precisa de su impacto sobre la salud de la población.

MODELOS DE NEGOCIO Y DECISIONES DE DISEÑO

   La serie sostiene que el uso de los medios digitales está actualmente moldeado en gran medida por grandes empresas tecnológicas internacionales y que los gobiernos han permitido durante décadas su autorregulación, favoreciendo un entorno digital en el que el crecimiento comercial prevalece sobre la salud.

   El autor Jay Shaw, de la Universidad de Toronto (Canadá), señala que funciones como el desplazamiento infinito, la reproducción automática y los sistemas de recomendación personalizados son decisiones de diseño dirigidas a captar la atención y recopilar datos.

"La mayoría de las plataformas digitales están diseñadas por empresas para captar la atención y recopilar datos, no para proteger la salud: características como el desplazamiento infinito, la reproducción automática y los feeds de recomendaciones personalizadas son decisiones de diseño deliberadas, no simplemente una cuestión de autocontrol individual", afirma Shaw.

   Los autores también sostienen que las empresas tecnológicas están recurriendo a estrategias para retrasar, debilitar o modificar la regulación ante las evidencias sobre posibles daños para la salud.

"Las empresas tecnológicas están adoptando una estrategia bien conocida de la industria tabacalera y de los combustibles fósiles: generar dudas, desacreditar a los críticos y presentar la regulación como una amenaza a la libertad. Un enfoque de salud pública contrarresta esto analizando lo que la evidencia sugiere sobre el daño en toda la población, no solo lo que un caso aislado puede revelarnos", afirma la autora, la profesora Barbara Prainsack, de la Universidad de Viena (Austria).

LOS AUTORES PIDEN UNA RESPUESTA COORDINADA

   La serie considera que medidas aisladas, como los límites de edad, no son suficientes por sí solas para abordar los riesgos para la salud. En su lugar, plantea una acción política amplia y coordinada a escala empresarial, nacional y global.

   Entre sus propuestas figuran que las empresas evalúen los posibles daños de nuevos productos o funciones antes de su lanzamiento y compartan datos sobre sus efectos en la salud; un tratado de gobernanza mundial, a través de la Organización Mundial de la Salud (OMS), para establecer normas básicas, y un organismo internacional especializado en supervisar los daños que la inteligencia artificial causa a niños y jóvenes.

   Los autores reclaman además más investigación sobre las causas de los efectos observados y señalan que la falta de nuevos datos no debería retrasar la adopción de medidas preventivas de salud pública. La serie también destaca los litigios como una vía para exigir responsabilidades a las empresas tecnológicas por los daños a la salud, aunque sus autores señalan que no sustituyen a la regulación.

   El trabajo contó asimismo con la participación de un Grupo Asesor Juvenil formado por seis jóvenes de entre 23 y 30 años, que debatieron con los autores sobre aspectos de la experiencia vivida que la investigación no pudo identificar.

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