Más de 6 millones de personas no huelen bien: cómo saber si es tu caso

Archivo - El 54% de los baleares tienen alguna limitación en su dieta, según un estudio
Archivo - El 54% de los baleares tienen alguna limitación en su dieta, según un estudio - FCAFOTODIGITAL/ ISTOCK - Archivo
Infosalus
Publicado: lunes, 30 marzo 2026 8:30

   MADRID, 30 Mar. (EDIZIONES) -

   En una sociedad dominada por la vista y el oído, el olfato sigue siendo el gran olvidado. Sin embargo, este sentido silencioso está profundamente conectado con nuestras emociones, con nuestra memoria, y hasta con la forma en la que experimentamos el mundo.

Cada día respiramos 23.000 veces sin ser conscientes de que estamos oliendo constantemente, procesando información que influye en lo que sentimos, recordamos, y percibimos. Y es que la Ciencia lo confirma: el olfato no sólo nos alerta de peligros o nos ayuda a disfrutar de la comida, sino que actúa como una puerta directa al cerebro emocional. Y lo más sorprendente es que, lejos de ser un sentido fijo, puede entrenarse, aunque la mayoría ni siquiera se haya planteado hacerlo.

   Así lo comentamos con la doctora en Biología y presidenta de la Red Olfativa Española Laura López-Mascaraque, profesora de investigación en el Centro de Neurociencias Cajal (CSIC), durante una entrevista con Europa Press Salud Infosalus, con motivo de la publicación de su último libro 'El fascinante universo del olfato' (Geo Planeta Ciencia).

UN SENTIDO INFRAVALORADO

   Nos cuenta que el olfato siempre ha sido un sentido que está "muy infravalorado" si bien lo considera "decisivo" porque está relacionado con nuestro día a día aunque no nos demos cuenta de ello: "Con nuestras emociones, con nuestros recuerdos, y no sólo nos informa de lo que hay en el ambiente, sino que también en el olfato está implicado el rechazo, en la adaptación, en la alimentación, en cómo saboreamos la comida, en la evocación de recuerdos, así como la experimentación emocional. Es un sentido muy potente aunque sea el más silencioso de todos".

   Lo descuidamos, según lamenta esta experta, porque dice que "no le damos ninguna importancia". Pone el ejemplo que respiramos 23.000 veces al día y cada vez que lo hacemos estamos oliendo, y salvo que sea un olor muy fuerte o que nos avise de que hay una amenaza o un peligro, o por el contrario una situación que te encanta, lo normal es que no nos fijemos en qué estamos oliendo. "Los olores no los buscamos, nos llegan, los procesamos y no vamos a más con ellos", afirma.

¿DEJAMOS DE OLER?

   Con ello, López-Mascaraque recuerda que se estima que más de 6 millones de personas en el mundo viven con hiposmia (reducción de la sensibilidad en la que los olores se perciben como apagados) o con anosmia o pérdida total del sentido del olfato. Pero, ¿cómo darnos cuenta de que hemos perdido olfato?

   Reconoce que muchas personas desconocen que han podido dejar de oler bien y de hacerlo es porque somos conscientes de que la comida ha perdido sabor para nosotros, y nos empezamos a echar más sal y azúcar.

   "El 75% del sabor es olfato, no es gusto, y si te falta pero no saboreas la comida. También te puedes dar cuenta ante una situación de peligro y porque haya algo que te huele mal en la nevera, o humo, y alguien te apercibe porque no te hayas dado cuenta antes. Es la forma más normal de cuando empiezas a tener hiposmia, sobre todo con sabores y ante situaciones cotidianas. O bien se echan más colonia porque su perfume ya no huele", asevera esta experta.

LA ADAPTACIÓN, LA FATIGA Y EL ENMASCARAMIENTO

   Pero también López-Mascaraque habla de tres fenómenos relacionados con la falta de olfato. En primer lugar, menciona a la adaptación olfativa, que tiene lugar cuando los receptores olfativos y los circuitos cerebrales reducen su repuesta ante un olor constante, de modo que el sistema deja de escuchar lo que no cambia. "Puede manifestarse en segundos o en minutos. Es lo que sucede, por ejemplo, al entrar en una panadería, al principio el olor del pan recién hecho lo inunda todo, pero al poco tiempo apenas lo percibimos.

   La fatiga, en cambio, tal y como menciona, es una insensibilidad más profunda y duradera, que combina la desensibilización fisiológica con la habituación perceptiva: "No sólo la nariz se acostumbra, también el cerebro. Ambas comparten un mismo propósito, filtrar lo redundante y privilegiar lo nuevo. (...) Ocurre cuando, tras una exposición intensa o repetida, el sistema olfativo necesita tiempo para reiniciarse. Es quienes trabajan con aromas: perfumistas, enólogos, o catadores, en quienes tras oler decenas de muestras los olores se confunden o desaparecen.

   En tercer lugar, habla del enmascaramiento olfativo, de forma que un olor dominante puede interferir con la percepción de otro más débil, como ocurre cuando un ambientador floral oculta el olor desagradable de un baño.

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