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MADRID, 5 Ene. (EUROPA PRESS) -
Durante los meses más fríos, los ojos están sometidos a cambios ambientales muy bruscos que alteran su equilibrio natural. El frío, el viento y los ambientes interiores excesivamente secos comprometen la estabilidad de la película lagrimal, lo que puede derivar en molestias que muchas veces pasan desapercibidas.
"Reconocer estos síntomas y adoptar medidas preventivas es esencial para mantener una buena salud visual durante el invierno", afirma Ana Díaz, óptica y directora de Formación de Alain Afflelou.
Así puede afectar a tus ojos el invierno:
Aumento de la sequedad ocular: Las bajas temperaturas y la exposición al viento favorecen la evaporación de la película lagrimal, la capa que protege y lubrica la superficie del ojo. Cuando esta se altera, aparecen síntomas como sensación de arenilla, picor, fatiga visual o tirantez, especialmente durante actividades prolongadas en exteriores.
Irritación derivada de los cambios de temperatura: Alternar repetidamente entre el frío del exterior y el ambiente cálido generado por la calefacción en interiores provoca un estrés térmico en la superficie ocular. Este contraste contribuye a una mayor sequedad y puede desencadenar enrojecimiento, escozor o molestias persistentes.
Mayor sensibilidad a la luz: En invierno, la radiación solar puede resultar más incómoda para los ojos, en especial en días despejados o en zonas con nieve, donde la luz se refleja y aumenta su intensidad. Esta situación es especialmente relevante para quienes practican deportes de invierno como el esquí o el snowboard, ya que la exposición prolongada puede acentuar la fotofobia, generar deslumbramientos y provocar sensación de fatiga ocular.
Exposición al viento y agentes externos: El viento frío impacta directamente sobre el ojo, generando una pérdida más rápida de humedad y favoreciendo la entrada de partículas ambientales, como polvo o polen. Esta combinación puede irritar la superficie ocular y desencadenar lagrimeo reflejo o inflamación leve.
Impacto de la calefacción en espacios cerrados: Los sistemas de calefacción reducen significativamente la humedad ambiental, creando entornos secos que afectan a la estabilidad de la película lagrimal. Esta falta de humedad incrementa la sensación de sequedad y puede hacer más evidentes molestias como el escozor o la visión borrosa temporal.
Para minimizar estos efectos, existen una serie de hábitos sencillos que se pueden adoptar en el día a día:
Mantener una correcta hidratación ocular: El uso de lágrimas artificiales ayuda a compensar la evaporación de la película lagrimal y a aliviar la sensación de sequedad. Esto es recomendable especialmente en ambientes o lugares secos o tras una exposición prolongada al frío y al viento.
Proteger los ojos: El uso de gafas homologadas no solo es importante en verano. En época de frío, ayudan a proteger los ojos del viento, frío y del deslumbramiento provocado por la radiación solar, especialmente en entornos con nieve o alta luminosidad.
Controlar la humedad en interiores: Mantener un correcto nivel de humedad en casa o en el lugar de trabajo mediante humidificadores o ventilador regular, contribuye a reducir la sequedad ambiental causada por la calefacción y a preservar la estabilidad de la lágrima.
Evitar la exposición directa a corrientes de aire: Evitar el aire directo de radiadores o aparatos de climatización sobre los ojos, ayuda a prevenir la irritación y el enrojecimiento ocular.
Realizar revisiones visuales periódicas: Es fundamental acudir a un profesional de la salud visual ante la aparición de molestias persistentes como sequedad, enrojecimiento o visión borrosa. Una revisión a tiempo permite detectar a tiempo posibles alteraciones, recibir recomendaciones personalizadas y prevenir problemas mayores.