Cómo evitar que la presión por apurar cada segundo del verano impida disfrutar del tramo final de las vacaciones

Archivo - Familia feliz en la playa.
Archivo - Familia feliz en la playa. - TON PHOTOGRAPH/ISTOCK - Archivo
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Publicado: viernes, 28 agosto 2026 12:41

   MADRID, 28 Ago. (EUROPA PRESS) -

   Oliver Serrano, director del Máster en Psicología General Sanitaria de la Universidad Europea de Canarias, advierte de que el deseo por apurar cada segundo del verano puede llegar a impedir disfrutar el tramo final de las vacaciones. "El cerebro recrea la vuelta al trabajo de forma tan vívida que el cuerpo se estresa antes de que ocurra", señala.

   El rechazo a retomar la rutina diaria funciona como un espejo que revela si el problema real es el fin del verano o la insatisfacción con nuestra vida de siempre La inminente vuelta a la rutina tras las vacaciones suele despertar en los viajeros una mezcla involuntaria de nostalgia, tristeza y resistencia al cambio de ritmo.

   "Cuando sabemos que algo bueno está a punto de terminar, una parte de nuestra cabeza empieza a despedirse antes de tiempo", explica. Este adelanto del duelo consume nuestra energía mucho antes del regreso, impidiéndonos estar presentes en el descanso y añadiendo una incómoda capa de culpa antes de la vuelta a la rutina.

   Este afán por exprimir el tiempo responde a la manera en que el cerebro procesa y archiva las vivencias, otorgándole al desenlace de una experiencia un peso desproporcionado respecto al desarrollo de la misma.

   De manera instintiva, el ser humano busca que ese último baño, el atardecer final o la cena de despedida resulten memorables para construir un relato mental positivo de cara al resto del año. Sin embargo, Serrano advierte de que cuando este deseo se convierte en una autoexigencia rígida, "la intensidad forzada acaba matando la espontaneidad y generando más estrés que placer".

   La memoria anticipatoria es la responsable de que la última semana se perciba como extrañamente corta a nivel cognitivo, debido a su capacidad para simular con asombrosa nitidez escenarios futuros indeseables.

    Para el psicólogo, anticipar mentalmente el sonido del despertador, el tráfico de vuelta o las reuniones tediosas consume la atención que necesitaríamos para disfrutar del presente. "Esa simulación mental es tan vívida que genera en el cuerpo las mismas respuestas de tensión emocional y física que si ya estuviéramos en la oficina", indica Serrano.

   En este proceso de transición, Serrano expone que un ritual simbólico como el del "último baño" posee un gran valor terapéutico si se afronta con la actitud adecuada. Poner fin de forma consciente a un ciclo ayuda a procesar la pérdida con gratitud por lo vivido, evitando arrastrar la melancolía del verano durante semanas.

   No obstante, puntualiza que, si el rito se vive con angustia o rabia, funciona como un espejo incómodo de nuestra realidad diaria: "si la vuelta genera tanto rechazo, a veces lo que nos perturba al final del verano no es que las vacaciones se acaben, sino lo que tenemos que retomar".

   El director del Máster en Psicología General Sanitaria de la Universidad Europea de Canarias recuerda que el llamado "síndrome postvacacional" no es una patología médica, sino una respuesta biológica normal a un cambio de ritmo. El cuerpo y la mente necesitan unos días de reajuste natural de la misma forma que nos lleva tiempo adaptarnos a una cama extraña o a un nuevo huso horario.

   Sin embargo, Serrano advierte de que, si este agotamiento o desmotivación persiste tras varias semanas, "las vacaciones no habrán causado el problema, sino que simplemente habrán hecho visible un vacío previo que requiere atención profesional".

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