Archivo - Weed Insecticide Fumigation. Industrial Chemical Agriculture. Toxic Pesticides, Pesticide On Fruit Lemon In Growing Agricultural Plantation, Spain. Man Spraying Or Fumigating Pesti, Pest Control, 2019 - AYUNTAMIENTO DE ALMUNÉCAR - Archivo
MADRID, 25 Ago. (EUROPA PRESS) -
Un nuevo estudio ha revelado que la exposición prenatal a ciertos insecticidas utilizados en la agricultura no parece estar relacionada con problemas de comunicación social ni con otros rasgos relacionados con el autismo.
La evidencia ha sugerido que los pesticidas organofosforados, que actúan interfiriendo con el sistema nervioso de los insectos, aumentan el riesgo de que los niños presenten problemas del neurodesarrollo, como disminución del coeficiente intelectual, dificultades cognitivas y trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH). Sin embargo, aún no está claro si estos compuestos químicos también pueden contribuir a rasgos relacionados con el autismo.
Un estudio dirigido por investigadores de la Universidad de Nueva York (NYU Langone Health), que analizó parejas de madres e hijos, demostró que casi todas las madres presentaban niveles detectables de pesticidas organofosforados en la orina durante el embarazo, pero el equipo no encontró ninguna relación significativa en los niños entre esta exposición y rasgos relacionados con el autismo.
"Si bien sabemos que los plaguicidas organofosforados pueden dañar el cerebro en desarrollo, no fueron un factor determinante en las características observadas en el autismo a los niveles de exposición relativamente bajos que observamos", afirma la autora principal del estudio, la doctora Haleigh Cavalier.
"Estos resultados no deben interpretarse como una garantía de que dichos plaguicidas sean seguros -- precisa--, ni tampoco descartan riesgos relacionados con el autismo a niveles de exposición más altos o en grupos más vulnerables".
La doctora Cavalier, estudiante de doctorado en los Departamentos de Salud Pública y Pediatría de NYU Langone Health durante el estudio, señala que, fuera de los entornos agrícolas o laborales, la mayoría de los estadounidenses entran en contacto con los insecticidas principalmente al consumir productos frescos.
Una posible explicación de los resultados podría ser que los beneficios para la salud de una dieta rica en frutas y verduras compensen parcialmente el impacto potencial de estos químicos en el desarrollo cerebral.
Los científicos han identificado varios marcadores genéticos vinculados a rasgos relacionados con el autismo, pero los factores ambientales que podrían influir siguen siendo objeto de intenso debate. Pequeños estudios sobre la exposición prenatal a pesticidas organofosforados han arrojado resultados inconsistentes: algunas investigaciones encontraron una conexión, mientras que otras no.
Según los autores, la nueva evaluación, publicada en línea en la revista 'JAMA Pediatrics', es la más grande y diversa de su tipo hasta la fecha que examina si los insecticidas podrían contribuir al autismo.
Para este estudio, el equipo de investigación analizó datos de 3.339 parejas madre-hijo inscritas en 20 centros médicos del Programa de Influencias Ambientales en los Resultados de Salud Infantil (ECHO) de los Institutos Nacionales de Salud de EE. UU. Este amplio estudio a nivel nacional permitió tener en cuenta numerosos factores ambientales, sociales y biológicos que pueden influir en la salud infantil, factores que estudios anteriores, de menor escala, no podían considerar.
Para evaluar la exposición prenatal a los insecticidas, los investigadores midieron los niveles de metabolitos (los componentes en los que se descomponen las sustancias químicas en el organismo) en muestras de orina recogidas durante cada embarazo. Los análisis revelaron que el 99% de las madres presentaban niveles detectables de plaguicidas organofosforados en la orina.
Posteriormente, buscaron asociaciones entre los niveles de estos metabolitos y las puntuaciones de los niños en la Escala de Responsividad Social, un cuestionario de 65 ítems diseñado para identificar problemas de comunicación social y rasgos relacionados con el autismo.
Al evaluar estas dificultades en una escala, la herramienta permitió identificar a participantes que no habían sido diagnosticados formalmente con autismo, pero que presentaban muchos de sus rasgos comunes, como evitar el contacto visual, tener dificultades para comprender las emociones de los demás y necesitar seguir ciertas rutinas. Los participantes fueron evaluados cuando tenían, en promedio, entre 5 y 7 años.
"Nuestros resultados demuestran que aún queda mucho por aprender sobre el autismo --destaca el doctor Akhgar Ghassabian, autor principal del estudio--. Una investigación minuciosa y a largo plazo puede ayudar a esclarecer qué factores ambientales son los más importantes para que las comunidades y los responsables políticos puedan tomar decisiones mejor fundamentadas".
Por su parte, la doctora Ghassabian, profesora asociada de los Departamentos de Pediatría y Salud Pública de la Facultad de Medicina Grossman de la Universidad de Nueva York, explica que los investigadores planean ahora examinar cómo otros tipos de pesticidas, así como los microplásticos y otras toxinas, pueden contribuir al autismo. También tienen previsto evaluar cómo los genes relacionados con esta afección pueden interactuar con estos riesgos ambientales.
Los autores advierten de que los metabolitos medidos en el estudio tienen una vida media corta en el cuerpo humano, por lo que pueden variar con el tiempo. Además, están influenciados por el metabolismo de cada participante. Por consiguiente, es posible que estos marcadores no reflejen completamente la exposición a los plaguicidas.