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MADRID, 21 Ago. (EUROPA PRESS) -
Las primeras etapas de la vida parecen guardar una relación más estrecha de lo que se pensaba entre el intestino y el desarrollo cerebral. Un nuevo estudio ha encontrado conexiones entre los cambios epigenéticos presentes al nacer, la evolución del microbioma intestinal durante el primer año y determinados signos de trastornos del neurodesarrollo a los tres años.
El microbioma intestinal y la epigenética (los interruptores moleculares que activan o desactivan los genes) están interrelacionados y contribuyen al neurodesarrollo, según revela un estudio de la Universidad China de Hong Kong (China) publicado en la revista 'Cell Press Blue'.
Los investigadores demostraron que los cambios epigenéticos presentes al nacer pueden influir en el desarrollo del microbioma intestinal de un bebé durante su primer año de vida. Asimismo, identificaron cambios epigenéticos y microbios intestinales específicos asociados con signos de trastorno del espectro autista (TEA) y trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH) a los tres años de edad.
EL INTESTINO Y LA EPIGENÉTICA MANTIENEN UN DIÁLOGO
"Ciertas bacterias parecen ofrecer protección, lo cual es prometedor porque sugiere que podría haber formas de apoyar el desarrollo de un niño a través de la dieta o los probióticos en el futuro", sostiene el autor principal y gastroenterólogo Francis Ka Leung Chan, de la Universidad China de Hong Kong.
Los primeros años de vida son cruciales para el desarrollo cerebral y la maduración del sistema inmunitario. Si bien estudios previos han demostrado que tanto los cambios epigenéticos tempranos como el desarrollo de la microbiota intestinal pueden influir en la salud en la edad adulta, se sabe poco sobre cómo interactúan estos dos sistemas.
"Queríamos observar cómo interactúan el epigenoma y el microbioma en la primera infancia y si esta interacción podría influir o no en el riesgo de que un niño desarrolle trastornos del neurodesarrollo como el TEA y el TDAH", explica Hein Min Tun, coautor principal y también investigador de salud pública de la Universidad China de Hong Kong.
"Descubrimos una especie de diálogo: la configuración epigenética de un bebé al nacer puede influir en su riesgo de padecer trastornos del neurodesarrollo, pero la presencia de ciertas bacterias 'buenas' en su intestino puede intervenir y modificar dicho riesgo", añade.
571 BEBÉS ANALIZADOS DESDE EL NACIMIENTO
Los investigadores caracterizaron los patrones de metilación del ADN (un tipo de cambio epigenético) a partir de la sangre del cordón umbilical de 571 bebés. Combinaron esta información con datos del microbioma intestinal recopilados de 969 bebés a los 2, 6 y 12 meses de edad, y de sus padres durante el tercer trimestre del embarazo. Cuando los niños alcanzaron los 36 meses de edad, los investigadores utilizaron un cuestionario de comportamiento para evaluar su neurodesarrollo e investigar las conexiones entre el microbioma, el epigenoma y los primeros signos del TEA y el TDAH.
Descubrieron que el epigenoma de un bebé al nacer estaba asociado con el tipo de parto, la duración de la gestación, tener hermanos mayores y las alergias maternas, pero no se veía afectado por el microbioma intestinal de sus padres. El desarrollo del microbioma, por otro lado, estaba asociado con el tipo de parto, el uso de antibióticos, tener hermanos mayores y la lactancia materna. Los bebés nacidos por cesárea mostraron diferentes patrones de metilación del ADN para varios genes involucrados en las respuestas inmunitarias y el desarrollo cerebral.
DOS BACTERIAS SE ASOCIAN CON MENOS SIGNOS DE TEA Y TDAH
El equipo también demostró que el epigenoma de un bebé al nacer influye en el desarrollo de su microbioma durante su primer año de vida. En concreto, los bebés desarrollaron microbiomas intestinales menos diversos a los 12 meses de edad, cuando mostraron mayores tasas de metilación del ADN en genes inmunitarios implicados en el reconocimiento de patógenos.
El estudio de comportamiento reveló que los signos de TEA y TDAH en niños de 3 años estaban asociados con patrones epigenéticos específicos y la presencia de ciertos microbios intestinales. Sin embargo, otras especies microbianas parecían mitigar estos efectos: los bebés con patrones epigenéticos asociados con TEA o TDAH tenían menos probabilidades de mostrar signos de estos trastornos si adquirían Lachnospira pectinoschiza y Parabacteroides distasonis, respectivamente, durante su primer año de vida.
"Las bases para la salud cerebral se establecen muy pronto, incluso antes del nacimiento", comenta Tun. "Sin embargo, no queremos que la gente piense que esto significa que el desarrollo de un niño está predeterminado al nacer. Se trata de afecciones complejas con muchas causas, y solo hemos descubierto una pequeña pieza de un rompecabezas mucho mayor".
Los investigadores continúan haciendo un seguimiento de los niños que participaron en el estudio para observar cómo estos factores de la primera infancia influyen en su salud a medida que crecen. Señalan que se necesitan experimentos de laboratorio para confirmar la relación entre la microbiota intestinal y el neurodesarrollo.
"El objetivo final es desarrollar intervenciones tempranas seguras y no invasivas, como probióticos específicos o bioterapéuticos vivos, que puedan ayudar a fomentar un microbioma intestinal saludable y potencialmente reducir el riesgo de problemas del neurodesarrollo", finaliza el primer autor y gastroenterólogo Siew Chien Ng, de la Universidad China de Hong Kong.