Cómo evitar la desnutrición en los adultos mayores

Anciano, falta de apetito
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Publicado 22/12/2017 8:46:36CET

   MADRID, 22 Dic. (EDIZIONES) -

   Las personas mayores de 65 tienen un mayor riesgo de sufrir síntomas de malnutrición, debido a los cambios fisiológicos propios de la edad, al aislamiento que sufren en sus casas, a las pluripatologías que presentan, o por ejemplo a que están polimedicados.

   Existen dos informes de la CE y de la OMS en los que se establece que para 2060 el 12% población europea tendrá más de 80 años. Además, fuentes del INE de 2016 señalan que, para 2032, el 45% de la población española será dependiente y requerirá de cuidados adicionales.

   En España existe un riesgo de desnutrición entre la población anciana del 5% a nivel de domicilio, “una cifra muy baja”, mientras que en aquellos ancianos que ingresan en los hospitales o en las residencias la cifra puede ascender al 20 o incluso el 23%, según asegura la Academia Española de Nutrición y Dietética.

   Además, indica que en los centros geriátricos la mayor parte de los ancianos que presentan cierto grado de desnutrición se asocian con casos de demencia vascular, mientras que en aquellos que no tienen deterioro cognitivo y desarrollan su actividad diaria propia éste índice es más bajo, llegando a hablarse de un nivel de desnutrición similar al del domicilio (5%).

   En cuanto a los factores que pueden llevar a la malnutrición a un anciano, la Academia apunta a la anorexia fisiológica asociada al envejecimiento, un fenómeno que conduce a una ingesta restrictiva e insuficiente de alimentos, así como a la pluripatología o a la polimedicación. El hecho de que vivan solos o una mala situación económica a veces puede complicar estos casos. “Además la edad amplifica la vulnerabilidad a trastornos y enfermedades”, sostiene.

CÓMO DEBE SER LA ALIMENTACIÓN DE LA PERSONA MAYOR

   Así, indica que la alimentación de una persona mayor debe adecuarse a su nivel de actividad física. “No es lo mismo un anciano que deambula solo que uno que va en silla de ruedas”, advierte. Por ello, recomienda un adecuado aporte de proteínas, de ácido fólico, de calcio, de vitamina B12, y también de líquidos porque en esta edad se perjudica el mecanismo de la sed y debe haber un aporte de líquidos mayor que en otras fases de la vida para evitar deshidratación (más de 8 vasos de agua al día, en forma también de tisanas, infusiones o zumos, por ejemplo).

   Según recuerda, estudios demuestran que los ancianos necesitan más proteínas que los jóvenes. “Entre 1 y 1,2 gramos de proteína por kg de peso y día para un anciano sano. En aquellos con enfermedad aguda o crónica se necesitan más, de 1,2 a 1,5 gramos de proteína por kilo y día. En el caso de que exista enfermedad severa o desnutrición se puede ampliar hasta los dos gramos de proteína por kg de peso y día. La excepción con respecto a la ingesta proteica son los ancianos con enfermedad renal crónica sin diálisis, para los que es necesario limitar la ingesta proteica a los 0,6-0,8 gr por kilos de peso y día”, apostilla.

   En este sentido, desde la Sociedad Española de Geriatría y Gerontología (SEGG) ven recomendable que las proteínas de la dieta sean en un 60% animales (carne, pescados, huevos, leche), por el aporte de aminoácidos esenciales para el organismo; mientras que de proteínas vegetales (legumbres, patatas, pan, pasta, arroz y cereales) el consumo se sitúe en un 40%.

   Además, dice que las personas mayores deben tener una ingesta diaria mínima de fibra entre los 20-35 g, ya que ésta regula la glucemia, controla el colesterol y las grasas, y previene el estreñimiento. La fibra se encuentra en los cereales integrales, frutas, verduras, hortalizas y leguminosas.

   Respecto a las grasas que aporta la dieta, se recomienda que las grasas saturadas de origen animal (carne, embutidos, leche entera, mantequilla) y de origen vegetal (coco y palma) no sobrepasen más del 7-10% del aporte energético, siendo el resto a expensas de las grasas de origen vegetal o animal monoinsaturadas (aceite de oliva y de colza, pollo), y las poliinsaturadas (aceite de girasol, de soja, cacahuetes y pescado azul).

   Por otro lado, la SEGG indica que las necesidades de minerales y de vitaminas en los mayores pueden verse modificadas debido a los problemas de salud que padezcan (malnutrición, alcoholismo, por ejemplo), o bien por la toma de algunos medicamentos (antiácidos, colchicina, cimetidina, fenitoina, diuréticos, por ejemplo).

   Los mayores precisan un aporte diario de calcio de 1.200 mg para los hombres y 1.300 mg para las mujeres, ya que es esencial para la prevención de la osteoporosis especialmente en mujeres, no debiendo superar los 2.500 mg/día por el riesgo de cálculos renales.

   Los mayores tienen unos requerimientos de hierro menores que los adultos porque aumentan los depósitos de éste y porque ya no existe la pérdida menstrual de las mujeres. Sin embargo, en algunos mayores, se produce a veces un déficit de hierro debido al aporte insuficiente en la dieta o por pérdidas hemáticas que acontecen ante determinadas situaciones, como son el sangrado intestinal, o la hernia de hiato, por ejemplo.

   Finalmente, y en el caso de que se presenten deficiencias nutricionales, la Academia aboga por la suplementación nutricional por vía oral para aumentar la ingesta de energía y de proteína, así como de micronutrientes. Además, ve conveniente el establecimiento de programas de ejercicio físico multicomponente, de fuerza muscular, el caminar, mantener el equilibrio y la flexibilidad, con el objetivo de garantizar el anabolismo proteico y la masa muscular.

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