¿Por qué sabe el cerebro que el estómago está saciado?

Publicado 28/11/2015 9:40:33CET

   MADRID, 28 Nov. (EUROPA PRESS) -

   Unos 20 minutos después de una comida, los microbios intestinales producen proteínas que pueden suprimir la ingesta de alimentos en los animales, según un estudio publicado este martes en 'Cell Metabolism'. Los investigadores muestran cómo estas proteínas inyectadas en ratones y ratas actúan sobre el cerebro reduciendo el apetito, lo que sugiere que las bacterias intestinales pueden ayudar a controlar cuándo y cuánto comemos.

   La nueva evidencia coexiste con los modelos actuales de control del apetito, que indican que las hormonas del intestino señalan a los circuitos del cerebro cuándo tenemos hambre o cuándo hemos acabado de comer. Inicialmente, se detectó que las proteínas bacterianas --producidas por la mutualista 'E. Coli' después de que ha sido saciada- influyen en la liberación de señales intestino-cerebro (por ejemplo, GLP-1 y PYY), además de activar las neuronas que regulan el apetito en el cerebro.

   "Hay muchos estudios ahora que analizan la composición de la microbiota en diferentes condiciones patológicas pero no exploran los mecanismos detrás de estas asociaciones --afirma el autor principal de la investigación, Sergueï Fetissov, de la Universidad de Rouen y el Laboratorio de Nutrición, Intestino y Cerebro del Instituto Nacional de Salud e Investigación Médica (INSERM, por sus siglas en francés), en Francia--. Nuestro trabajo muestra que las proteínas bacterianas de 'E. Coli' pueden participar en las mismas vías moleculares que son utilizadas por el cuerpo para indicar la saciedad y ahora tenemos que saber cómo un microbioma intestinal alterado puede afectar a esta fisiología".

   La hora de comer lleva una afluencia de nutrientes a las bacterias en el intestino, que, en respuesta, se dividen y reemplazan a los miembros perdidos en el desarrollo de las heces. El estudio plantea una teoría interesante: como los microbios intestinales dependen de nosotros para tener un lugar donde vivir, es en su beneficio que las poblaciones se mantengan estables. Entones, tendría sentido que si tienen una manera de comunicarse con el huésped cuando no están llenos, lo animen a ingerir nutrientes de nuevo.

   En el laboratorio, Fetissov y sus colegas encontraron que después de 20 minutos de consumir nutrientes y expandirse en número, la bacteria 'E. Coli' en el intestino produce diferentes tipos de proteínas que antes de su alimentación. El minuto 20 parecía coincidir con la cantidad de tiempo que le cuesta a una persona empezar a sentirse llena o cansada después de una comida. Emocionado por este descubrimiento, los investigadores comenzaron a perfilar las proteínas bacterianas antes y después de la alimentación.

   En conreto, vieron que la inyección de pequeñas dosis de las proteínas bacterianas producidas después de la alimentación redujeron la ingesta de alimentos en ratas y ratones hambrientos y sin alimentar. Un análisis más detallado reveló que las proteínas bacterianas "llenas" estimulan la liberación del péptido YY, una hormona asociada con la saciedad, mientras que las hormonas bacterianas "hambrientas" no lo hicieron. Sucedió lo contrario en el caso del péptido similar glucagón-1 (GLP-1), una hormona conocida para simular la liberación de insulina.

   Los investigadores desarrollaron entonces un ensayo para detectar la presencia de una de las proteínas bacterianas "llenas", llamada ClpB en la sangre animal. Aunque los niveles en sangre de la proteína en ratones y ratas detectados 20 minutos después del consumo de la comida no cambiaron, se correlacionan con la producción de ClpB en el intestino, lo que sugiere que puede tener un vínculo la composición bacteriana intestinal con el control del apetito del huésped.

   Los investigadores también encontraron que ClpB aumentó las neuronas que reducen el apetito. Todavía se desconoce el papel de otras proteínas de 'E. Coli' en el hambre y la saciedad, así como cómo si las proteínas de otras especies de bacterias pueden contribuir.

   "Ahora pensamos que las bacterias participan fisiológicamente en la regulación del apetito inmediatamente después de la provisión de nutrientes mediante la multiplicación y la estimulación de la liberación de hormonas de la saciedad en el intestino --resume Fetisov--. Además, creemos que la microbiota intestinal produce proteínas que pueden estar presentes en la sangre a largo plazo y modular las vías en el cerebro".