Publicado 28/03/2021 08:29CET

Las consecuencias del mal trato de los padres en la infancia en el cerebro de los adolescentes

Archivo - Depression in women
Archivo - Depression in women - GETTY IMAGES/ISTOCKPHOTO / MARTIN-DM - Archivo

MADRID, 28 Mar. (EUROPA PRESS) -

Enfadarse repetidamente, pegar, zarandear o gritar a los niños está relacionado con estructuras cerebrales más pequeñas en la adolescencia, según un nuevo estudio publicado en la revista 'Development and Psychology' por de la Universidad de Montreal (Canadá) en colaboración con investigadores de la Universidad de Stanford (Estados Unidos).

"Las implicaciones van más allá de los cambios en el cerebro. Creo que lo importante es que los padres y la sociedad comprendan que el uso frecuente de prácticas de crianza duras puede perjudicar el desarrollo del niño. Estamos hablando de su desarrollo social y emocional, así como de su desarrollo cerebral", explica Sabrina Suffren, autora principal de la investigación.

El maltrato infantil grave (como el abuso sexual, físico y emocional), el abandono e incluso la institucionalización se han relacionado con la ansiedad y la depresión más adelante en la vida. Estudios anteriores ya habían demostrado que los niños que han sufrido abusos graves tienen los córtex prefrontales y la amígdala más pequeños, dos estructuras que desempeñan un papel clave en la regulación emocional y la aparición de la ansiedad y la depresión.

En este estudio, los investigadores observaron que las mismas regiones cerebrales eran más pequeñas en los adolescentes que habían sido sometidos repetidamente a prácticas de crianza duras en la infancia, a pesar de que los niños no experimentaron actos de abuso más graves.

"Estos hallazgos son significativos y nuevos. Es la primera vez que las prácticas de crianza duras que no llegan a ser un abuso grave se han relacionado con la disminución del tamaño de la estructura cerebral, similar a lo que vemos en las víctimas de actos graves de abuso", señala Suffren.

Un estudio publicado en 2019 "mostró que las prácticas de crianza duras podrían causar cambios en la función cerebral entre los niños, pero ahora sabemos que también afectan a la propia estructura del cerebro de los niños."

Uno de los puntos fuertes de este estudio es que utilizó datos de niños que habían sido controlados desde su nacimiento a principios de la década de 2000. Como parte de este seguimiento, se evaluaron anualmente las prácticas de crianza y los niveles de ansiedad de los niños, mientras éstos tenían entre 2 y 9 años. Estos datos se utilizaron para dividir a los niños en grupos en función de su exposición (baja o alta) a prácticas de crianza persistentemente duras.

"Hay que tener en cuenta que estos niños fueron sometidos constantemente a prácticas de crianza duras entre los 2 y los 9 años. Esto significa que las diferencias en sus cerebros están relacionadas con la exposición repetida a prácticas de crianza duras durante la infancia", explica Suffren, que trabajó con sus colegas para evaluar los niveles de ansiedad de los niños y realizarles resonancias anatómicas entre los 12 y los 16 años. Este estudio es el primero que trata de identificar los vínculos entre las prácticas de crianza duras, la ansiedad de los niños y la anatomía de sus cerebros.

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