Células inmunes intestinales cortan la inflamación en la esclerosis múltiple

Publicado 04/01/2019 7:48:31CET
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MADRID, 4 Ene. (EUROPA PRESS) -

Investigadores de la Universidad de Toronto, Canadá, y la Universidad de California en San Francisco, Estados Unidos, descubrieron que el intestino es la fuente de células inmunitarias que reducen la inflamación cerebral en personas con esclerosis múltiple (EM), y que el incremento del número de estas células bloquea la inflamación completamente en un modelo preclínico de la enfermedad.

Las células en cuestión son células plasmáticas: células blancas de la sangre que se originan como células B en la médula ósea, pero que cambian su comportamiento cuando son activadas por microbios en el intestino. Al estudiar ratones y muestras de pacientes humanos con EM, los científicos encontraron que las células plasmáticas que residen en el intestino y producen anticuerpos de inmunoglobulina A (IgA) parecen migrar al sistema nervioso central y producen un efecto antiinflamatorio durante los brotes de EM.

La EM es una enfermedad autoinmune, impulsada por otros tipos de células inmunes (incluidas las células B y T) que atacan a la mielina, el recubrimiento protector que rodea las fibras nerviosas. Estudios clínicos recientes han demostrado que los medicamentos dirigidos a las células B mitigan la EM, mientras que los que atacan las células plasmáticas empeoran la patología. Este presente estudio ofrece una explicación a estos resultados divergentes.

"Ya sabíamos lo que era y no estaba funcionando en la clínica", dice la autora principal del estudio, Jen Gommerman, profesora de Inmunología en la Universidad de Toronto. "Pero aquí hemos descubierto el mecanismo molecular y celular en juego. Es un tipo de enfoque de traducción inversa, que resalta la importancia del eje intestinal-cerebral en la EM y otras afecciones autoinmunes", añade esta investigadora, cuyo trabajo se publica en la edición digital de este jueves de 'Cell'.

Las tasas de EM en Canadá y Estados Unidos están entre las más altas en el mundo, con aproximadamente tres de cada mil individuos afectados. Los síntomas pueden incluir fatiga, mala coordinación, hormigueo, problemas con los órganos y deterioro cognitivo. No hay cura, aunque los diagnósticos más rápidos y mejores medicamentos han mejorado los resultados significativamente en los últimos 15 años.

EL 80 POR CIENTO DE LOS ANTICUERPOS

"Los IgA comprenden el 80 por ciento de todos los anticuerpos en el cuerpo, pero su función exacta aún no se comprende completamente --dice el coautor Sergio Baranzini, profesor de Neurología en el Instituto Weill de Neurociencias de la UCSF--. Mostrar que las células B productoras de IgA pueden viajar desde el intestino al cerebro abre una nueva página en el libro de enfermedades neuroinflamatorias y podría ser el primer paso hacia la producción de nuevos tratamientos para modular o detener la EM y los trastornos neurológicos relacionados".

Los autores principales del trabajo son los investigadores postdoctorales Olga Rojas y Elisa Porfilio, del laboratorio Gommerman de la Universidad de Toronto, y Anne-Katrin Pröbstel, del laboratorio Baranzini de la UCSF. En un momento de serenidad científica, recientemente presentaron sus investigaciones en la misma conferencia y se dieron cuenta de que sus resultados estaban alineados. Los científicos comenzaron a colaborar, y Pröbstel y sus colegas en el laboratorio de Baranzini pudieron demostrar que los hallazgos del laboratorio de Gommerman en ratones tenían paralelismos con los pacientes humanos con EM.

Específicamente, el equipo de UCSF encontró evidencia de que la IgA disminuyó en las muestras fecales de pacientes con neuroinflamación activa de la EM, lo que sugiere que se habían reclutado células que suprimen la inflamación para ayudar a combatir la patología de los pacientes.

Un aspecto prometedor de la nueva investigación es que el aumento del número de células plasmáticas IgA que migran desde el intestino al cerebro erradicó la neuroinflamación en ratones. Un enfoque terapéutico podría apuntar a ampliar el número de estas células en el intestino, permitiendo un suministro abundante que podría moverse al cerebro y amortiguar la inflamación.

"Como médico clínico, es emocionante que nuestros experimentos que relacionan modelos animales preclínicos con la biología que vemos en pacientes con EM real, hayan descubierto un mecanismo general de cómo el sistema inmunitario contrarresta la inflamación -dice Pröbstel de UCSF--. Hasta ahora, nadie ha estudiado realmente estas células plasmáticas productoras de IgA en el contexto de la patología, pero ahora las estamos examinando en detalle en pacientes con EM para comenzar a comprender cómo podemos manipularlas para ayudar a tratar la enfermedad neuroinflamatoria".

Un siguiente paso clave para los investigadores es averiguar qué microbios en el intestino promueven la generación de células de plasma IgA inmunosupresoras. "Si podemos entender a qué reaccionan estas células, podemos tratar la EM mediante la modulación de nuestros comensales intestinales", dice Gommerman, refiriéndose a las bacterias que viven en el intestino sano. "Eso podría ser más fácil que introducir fármacos en el cerebro, que es una estrategia que no siempre ha funcionado en la EM", añade.

El estudio también plantea preguntas sobre las opciones de microbioma y estilo de vida. ¿Algunos estilos de vida llevan a algunas personas hacia un microbioma intestinal que permite que las células plasmáticas inmunosupresoras florezcan? ¿Son los alimentos específicos propicios para crear ese ambiente y, de ser así, podría un medicamento o suplemento imitar el efecto? La genética es solo un factor que afecta la susceptibilidad a la EM; el estudio actual destaca cómo los factores no genéticos pueden conferir resistencia a la enfermedad.

Gommerman planea continuar con la ciencia básica detrás de estas preguntas, trabajando con Baranzini y otros grupos de investigación para llevar los hallazgos al ámbito clínico. "Hay algo muy crítico acerca de cómo se conectan el intestino y el cerebro, y estamos empezando a desentrañar los hilos moleculares detrás de esa observación clínica --dice ella--. Es un gran ejemplo de lo rápido que puede moverse la ciencia".