Hallan biomarcadores del autismo en la infancia

Niño con autismo
GETTY/ZURIJETA
Publicado 16/02/2017 7:33:37CET

   MADRID, 16 Feb. (EUROPA PRESS) -

Se calcula que 1 de cada 160 niños tiene un trastorno del espectro autista. Esta estimación representa una cifra media. Detectar un trastorno del espectro autista es difícil durante los primeros 12 meses de vida, pero generalmente es posible establecer un diagnóstico antes de que el niño cumpla los dos años.

Esto puede cambiar gracias a un nuevos estudio que, mediante el uso de imágenes resonancia magnética (MRI, por sus siglas en inglés) para estudiar los cerebros de bebés con hermanos mayores con autismo, consiguió identificar correctamente al 80 por ciento de los pequeños que serían diagnosticados posteriormente con autismo a los 2 años de edad. Los autores emplearon un algoritmo de ordenador para predecir el autismo antes de que aparecieran los comportamientos clínicamente diagnosticables establecidos.

   Investigadores de la Universidad de Washington formaron parte de un esfuerzo norteamericano dirigido por la Universidad de Carolina del Norte para usar la RM para medir el cerebro de niños de "bajo riesgo", sin antecedentes familiares de autismo, y niños de "alto riesgo", que tenían al menos un hermano mayor autista, como se detalla en un artículo que se publica este jueves en 'Nature'.

   Según los propios investigadores, se trata del primer estudio que demuestra que es posible usar biomarcadores cerebrales para identificar a los bebés que están en un grupo de alto riesgo, es decir, aquellos que tienen un hermano mayor con autismo, que serán diagnosticados con trastorno del espectro autista a los 24 meses de edad.

   "Normalmente, lo más temprano que podemos diagnosticar de forma fiable el autismo en un niño es a la edad de 2 años, cuando hay síntomas de comportamiento consistente y debido a las disparidades de acceso a la salud, la edad promedio de diagnóstico en Estados Unidos es en realidad los 4 años", señala la coautora y directora del Centro de Autismo de la Unviersidad de Washington, Annette Estes,

   "Pero en nuestro estudio, los biomarcadores de imagen cerebral a los 6 y 12 meses consiguieron identificar a los bebés que serían diagnosticados con trastorno del espectro autista más tarde", añade esta experta, también investigadora asociada en el Centro de Desarrollo Humano y Discapacidad (CHDD, por sus siglas en inglés), de la Universidad de Washington.

   Los hallazgos pueden aportar información para desarrollar una herramienta de diagnóstico para el trastorno del espectro autista (TEA) que podría utilizarse en el primer año de vida antes de que surjan los síntomas de comportamiento. "Todavía no tenemos esa herramienta --reconoce Estes--. Pero si la conseguimos, los padres de los niños de alto riesgo no tendrían que esperar un diagnóstico de TEA a los 2, 3 o incluso 4 años y los investigadores podrían comenzar a desarrollar intervenciones para evitar que estos niños se queden atrás en habilidades sociales y de comunicación".

   Las personas con TEA tienen déficits de comunicación social y demuestran una serie de comportamientos rituales, repetitivos y estereotipados. En Estados Unidos, se estima que hasta uno de cada 68 bebés desarrolla autismo, pero para los bebés con un hermano mayor autista, el riesgo puede ser de uno de cada cinco nacimientos.

   Este proyecto de investigación incluyó a cientos de niños de todo el país y fue dirigido por investigadores de cuatro centros clínicos de Estados Unidos: la Universidad de Carolina del Norte-Chapel Hill, la Universidad de Washington, la Universidad de Washington en St. Louis y el Hospital Infantil de Filadelfia. Otros colaboradores clave estaban en el Instituto Neurológico de Montreal, la Universidad de Alberta, ambos en Canadá, y la Universidad de Nueva York.

HIPEREXPANSIÓN DE LA SUPERFICIE DEL CEREBRO

   Los investigadores realizaron resonancias magnéticas de los niños mientras dormían a las edades de 6, 12 y 24 meses de edad y evaluaron el comportamiento y la habilidad intelectual en cada visita, utilizando los criterios desarrollados por Estes y su equipo. Así, encontraron que los bebés que desarrollaron autismo experimentaron una hiper-expansión de la superficie del cerebro entre los 6 y los 12 meses, en comparación con los que tenían un hermano mayor con autismo pero no mostraron evidencia de autismo a los 24 meses de edad.

   La tasa de crecimiento de la superficie expandida durante el primer año de vida se relacionó con una mayor tasa de aumento del volumen cerebral en el segundo año de vida. El crecimiento excesivo del cerebro estuvo ligado a la aparición de déficits sociales autistas en el segundo año.

   Los investigadores metieron estos datos --cálculos de resonancia magnética del volumen cerebral, área superficial y grosor cortical a los 6 y 12 meses de edad, así como el sexo de los menores-- en un programa informático, ordenándole que clasifique a los bebés con mayor probabilidad de tener TEA a los 24 meses de edad.

   El programa desarrolló el mejor algoritmo para lograrlo y los investigadores aplicaron el algoritmo a un grupo separado de participantes del estudio. Los científicos encontraron que, entre los bebés con un hermano mayor de TEA, las diferencias cerebrales a los 6 y 12 meses de edad identificaron con éxito al 80 por ciento de los niños que serían diagnosticados con autismo a los 24 meses de edad.

   "Si estos hallazgos pudieran formar la base de un diagnóstico pre-sintomático de TEA, los profesionales de la salud podrían intervenir incluso antes. Cuando se diagnostica el TEA a los 2 o 4 años, a menudo los niños ya están por detrás de sus compañeros en términos de habilidades sociales, comunicación y lenguaje", lamenta Estes.

   "Una vez que se han perdido esos hitos del desarrollo, ponerse al día es una lucha para muchos y casi imposible para algunos", agrega. La investigación podría entonces comenzar a examinar intervenciones en los niños durante un periodo anterior a que el síndrome esté presente y cuando el cerebro es más maleable, de forma que esas intervenciones puedan tener más posibilidades de mejorar los resultados que los tratamientos comenzados después del diagnóstico.

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