¿Cuáles son los ingredientes de las vacunas?

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Publicado 04/03/2018 8:29:36CET

   MADRID, 4 Mar. (EDIZIONES) -

   Para entender cómo funcionan las vacunas y entender su importancia en la salud de todos es necesario conocer de qué están compuestas. No se trata de un brebaje mágico, sino el resultado de imprescindibles trabajos de investigación, con unos pocos ingredientes pero cada uno con una función concreta.

   Así lo explican en '¿Funcionan las vacunas?' (Next Door Publishers) el doctor en Biología y catedrático de Microbiología y profesor de la Universidad de Navarra Ignacio López-Goñi, y la graduada en Biología y master en comunicación científica, Oihana Iturbide.

   1.- En concreto, destacan que el componente más importante en una vacuna son los 'antígenos', lo que se podría denominar como el 'componente activo' de la misma. "Es algo que se parece al patógeno o microbio que causa la enfermedad y que entrena a nuestro sistema inmune, a nuestras defensas, para que desarrolle las herramientas necesarias para protegernos frente a él. Hay dos tipos principales de vacunas, según el material con el que están hechos los antígenos: las vacunas 'vivas' o atenuadas, y las vacunas 'muertas'", señalan.

   Sobre las vacunas 'vivas' indican que emplean como antígeno el microorganismo vivo pero debilitado o atenuado. "Éste puede multiplicarse y estimular nuestras defensas pero no causa la enfermedad. Para preparar este tipo de vacunas indican que primero se aísla al patógeno y luego se 'domestica' en el laboratorio hasta conseguir que sea incapaz de desencadenar la enfermedad pero sí pueda activar el sistema inmune de forma duradera contra la versión completa o virulenta del patógeno", explican.

   A su vez, precisan que esta atenuación del patógeno a veces se consigue empleando microorganismos aislados de animales, por ejemplo el virus vacuna de la viruela de las vacas o la vacuna BCG de la tuberculosis, que es una cepa de bacteria de origen bovino. Otras veces, se consigue a base de multiplicar durante mucho tiempo el microorganismo en el laboratorio e ir acumulando mutaciones o defectos que reducen su capacidad patogénica.

   Por ejemplo, añaden, la vacuna oral contra la polio de Sabin se obtuvo tras varios cultivos consecutivos del virus en células en mono, y las vacunas contra el sarampión, la parotiditis o la rubeola se atenuaron a través de múltiples pases de los virus por cultivos celulares.

   A su vez, destacan que estas vacunas vivas atenuadas tienen la ventaja de que normalmente activan nuestras defensas de forma duradera, por lo que no suele ser necesario repetir muchas veces la dosis. Además, muchas de las vacunas de este tipo se pueden administrar de forma oral, por la boca, sin necesidad de inyecciones, lo que facilita la administración y evita otras posibles infecciones.

   Además, precisan que su fabricación es más barata que en el caso de las vacunas de virus muertos. Eso sí, advierten de que siempre hay que guardarlas en nevera porque se trata de virus vivos, lo que dificulta las campañas de vacunación en países donde la refrigeración puede ser un problema. Además, pero con muy baja probabilidad, alertan de que pueden revertir en la forma virulenta y causar la enfermedad. "Son también más peligrosas en pacientes inmunocomprometidos o con las defensas debilitadas. Las vacunas de la polio de Sabin, del sarampión, la rubeola, parotiditis, fiebre amarilla, varicela, herpes o tuberculosis son ejemplos de vacunas vivas", agregan los expertos en vacunas.

   Mientras, apuntan que las vacunas 'muertas' emplean el microorganismo entero muerto (por tratamiento químico, radiación o calor) o partes o fragmentos del patógeno. Su fabricación suele ser más costosa que la de las vacunas vivas atenuadas, según precisan, si bien aseguran que son más seguras ya que el microorganismo está muerto o es una parte de él, nunca pueden causar la enfermedad.

   En concreto, los expertos señalan que éstas pueden provocar los síntomas leves, un poco de fiebre, enrojecimiento, fatiga, dolor muscular, entre otros síntomas, si bien no se trata de síntomas propios de la enfermedad en sí, sino más bien de que el sistema inmune se está activando. Además, resaltan que son más estables y no requieren de refrigeración. Sin embargo, éstas activan nuestras defensas de forma parcial, por lo que es frecuente que se requieran varias dosis de recuerdo, que además suelen administrarse como inyecciones.

   "Las vacunas de la polio de Salk, la rabia, la hepatitis A, cólera, gripe o papiloma son ejemplos de vacunas muertas o de subunidades del patógeno. A veces, algunos patógenos producen toxinas, auténticos venenos, que son los que nos hacen enfermar. Contra estos patógenos las vacunas se preparan aislando la toxina e inactivándola. Las vacunas contra la difteria o el tétanos son de este tipo", apostillan.

   2.- Los adyuvantes. En algunos casos, sobre todo con las vacunas muertas, el antígeno se acompaña de otro componente que se denomina 'adyuvante'. "Se trata de sustancias que aumentan la respuesta inmune de la vacuna, hacen que ésta estimule con mayor intensidad nuestras defensas y mejoran su eficacia", explican.

   De esta forma, aseguran los autores, se puede disminuir la cantidad de antígeno que se añade a la vacuna. "Las sales de aluminio, por ejemplo, se usan como adyuvantes en las vacunas desde los años 60. No obstante, subrayan que la cantidad de aluminio en una dosis de vacuna es tan pequeña que después de colocar la vacuna no es posible detectar un cambio en la concentración de aluminio en la sangre del bebé vacunado, por ejemplo", añaden.

   3.- Los estabilizantes. Las vacunas también pueden contener estabilizantes, sustancias que no son tóxicas para nosotros pero que aseguran que la vacuna sigue siendo efectiva y segura hasta que se use. "Algunos de estos estabilizantes pueden ser antibióticos o muy bajas dosis de formaldehído, una sustancia química, que evitan que se multipliquen bacterias en la vacuna (nuestro propio cuerpo es capaz de producir y metabolizar pequeñas cantidades de formaldehído)", señalan.

   Otros estabilizantes como azúcares o aminoácidos, como la glicina, se añaden para proteger la vacuna de posibles daños como la luz, el calor o la humedad, que podrían inactivarla. "Estos azúcares y aminoácidos son totalmente inocuos para nosotros, muchos son parte de nuestra dieta diaria", según afirman.

   4.- Otros materiales y fluidos. Las vacunas también pueden contener cantidades de traza o mínimas, casi indetectables, de algunos compuestos residuales que quedan después del proceso de fabricación. Por ejemplo, para la preparación de la antígenos algunos patógenos se cultivan en huevos de gallina, por lo que no es raro encontrar cantidades mínimas de proteínas de huevo de gallina en esas vacunas. Algunas personas son alérgicas a las proteínas del huevo y la vacuna así preparada podría inducirles una reacción alérgica.

   Además, muchas vacunas que se administran por inyección o inhalación se preparan resuspendidas en líquido, normalmente una mezcla de agua y de sal, denominada 'suero salino', agregan.